Crítica de libros
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El socialismo en el banquillo de los acusados, o en inglés Socialism on trial, reúne las actas del interrogatorio a James P. Cannon, secretario general del Socialist Workers Party (SWP, Partido Socialista de los Trabajadores), durante el juicio que la administración Roosevelt organizó contra los trotskistas norteamericanos en 1941 y que acabó con la condena de 18 dirigentes del partido.

El proceso judicial puso en evidencia el temor de la clase dominante al avance de los trotskistas tras dirigir la impresionante lucha de los camioneros de Minneapolis en 1934 y conducirla a la victoria. En esta huelga, que implicó a miles de conductores y trabajadores del sector, los militantes de la Communist League of America (CLA, Liga Comunista de América) —nombre de la organización trotskista en aquella época— libraron una batalla sin cuartel por el derecho a la sindicación, por la reducción de las extenuantes jornadas de trabajo, por descansos y salarios decentes.

Constituyendo un comité de huelga con representantes elegidos democráticamente y revocables en todo momento, animando constantes asambleas para debatir y decidir, publicando un boletín diario que informaba de todos los aspectos de la lucha —The Organizer (El Organizador)—, implicando a la población en la solidaridad activa y de manera muy destacada a las mujeres, creando una potente caja de resistencia, comedores populares, recogida de alimentos y ropa… los dirigentes de la CLA transformaron la rama local del sindicato de camioneros de Minneapolis, el Local 574 de la International Brotherhood of Teamsters,[1] en una fortaleza obrera.

La lucha de los teamsters superó todo tipo de adversidades y logró resistir la violencia de la patronal. Miles de trabajadores organizados por el sindicato y la CLA se enfrentaron el 21 y 22 de mayo de 1934 a las fuerzas combinadas de la policía y los «alguaciles» —las guardias blancas creadas por la «Alianza Ciudadana» y los patronos—. En la conocida batalla de la plaza del mercado de Minneapolis, los obreros obtuvieron un sonoro triunfo y derrotaron a sus agresores.

Obviamente este hecho no fue pasado por alto. Cuando la huelga se reanudó, los empresarios, la policía, los sectores reaccionarios de la ciudad y las autoridades del estado volvieron a la carga, pero esta vez con consecuencias sangrientas. El viernes 20 de julio de 1934, la policía disparó contra 67 personas, la mayoría miembros de piquetes pacíficos pero también ciudadanos que paseaban. Dos trabajadores murieron y la indignación se extendió por toda la ciudad. Aquel «viernes sangriento» fue respondido por una manifestación multitudinaria de más de 40.000 obreros y sus familias, que desfilaron el 24 de julio en el funeral del primer trabajador asesinado.

Ante esta demostración de fuerza, el gobernador del Estado impuso la ley marcial y movilizó a 4.000 efectivos de la Guardia Nacional. Inmediatamente, la sede del sindicato fue ocupada militarmente y numerosos líderes y activistas fueron detenidos. Pero la brutal represión no logró quebrar la unidad y determinación de los huelguistas. En el mes de septiembre, el Local 574 se alzó con una victoria histórica. Sindicalizando a miles de trabajadores, demostrando cómo se podía ganar una huelga tan dura, la autoridad y el prestigio de los trotskistas aumentaron extraordinariamente.[2]

Cómo defender las ideas del marxismo

Justo cuando el Gobierno demócrata de Roosevelt se preparaba para entrar en la Segunda Guerra Mundial prestó toda su colaboración a la burocracia de la AFL para descabezar el Socialist Workers Party (fundado en 1938 por los militantes de la CLA) y acabar con su influencia en el Local 544 de los Teamster de Minneapolis.[3]

En noviembre de 1941 comenzó el proceso contra 29 dirigentes trotskistas. Los cargos presentados eran muy graves: «conspiración real para derrocar al Gobierno por la fuerza y la violencia», «publicar literatura que abogue por ello», «distribuir publicaciones que recomendaban, aconsejaban e instaban a la insubordinación en las fuerzas armadas…».

James P. Cannon, secretario general del SWP y principal acusado, fue el encargado de responder a este desafío. Cannon no era un recién llegado. Se unió al Socialist Party of America (SPA)[4] a los 18 años y se convirtió en organizador de los Industrial Workers of the World (IWW)[5] antes de la Primera Guerra Mundial. Tras el triunfo de la revolución bolchevique, y como uno de los principales dirigentes del ala izquierda del SPA, jugó un papel clave en la fundación del Communist Party of the United States of America (CPUSA),[6] siendo elegido para su comité central.

Permaneció en la URSS desde junio hasta noviembre de 1922, participando en el IV Congreso de la Internacional Comunista (IC) y trabajando en Moscú como miembro de la Presidencia de su Comité Ejecutivo.

Cannon rompió con el estalinismo precisamente en Moscú, durante la celebración del VI Congreso de la IC entre julio y septiembre de 1928 al que asistió como delegado del partido norteamericano. Allí pudo leer la crítica de Trotsky —exiliado en ese momento en Alma Ata— al programa de la Internacional estalinizada. Tras una profunda reflexión política, en 1929 fundó la Communist League of America (CLA) con un puñado de dirigentes y cuadros obreros que rápidamente fueron expulsados del Partido Comunista oficial.

Cuando Cannon subió al banquillo de los acusados y fue interrogado por los fiscales del Estado y por su abogado defensor, Albert Goldman, el tribunal se transformó en una plataforma de propaganda revolucionaria.

Desgranando los fundamentos del programa socialista de manera comprensible no restó profundidad a sus argumentos: qué es la democracia obrera y la democracia burguesa, la posición marxista sobre la violencia, el trabajo en los sindicatos y la autodefensa obrera, cómo conquistar a la mayoría para el programa de la revolución socialista, qué fue la Revolución rusa y el papel de los bolcheviques, la postura del partido ante las guerras imperialistas y en el combate contra el fascismo…

La forma de enfocar estas cuestiones, para una audiencia de miles de trabajadores que no estaba familiarizada con el socialismo, confiere a este libro una especial importancia en la formación de los militantes revolucionarios y en su trabajo práctico.

Contra el sectarismo

 En esta edición hemos incluido como apéndice la crítica que escribió Grandizo Munis[7]—en aquel momento responsable del grupo español de la Cuarta Internacional— contra el testimonio de Cannon y la extensa respuesta del líder del SWP.

Los textos de este debate no son menos importantes que la declaración ante el tribunal, y nos reafirman en que el sectarismo ultraizquierdista —tanto ayer como hoy— sigue siendo una vía muerta para construir un partido marxista de masas.

El libro se completa con una introducción de Joseph Hansen, dirigente del SWP en aquel periodo, y el discurso pronunciado por Cannon antes de entrar en prisión. Las notas a pie de página son de los editores salvo cuando se indique lo contrario.

* * *

No nos corresponde en este breve espacio analizar la evolución del pensamiento de James P. Cannon y sus errores al frente de la Cuarta Internacional en los años de posguerra. Pero no tenemos duda de que el material incluido en este libro constituye una destacada aportación marxista basada en un método correcto.

Concluimos esta nota con sus palabras, pronunciadas camino de la cárcel, y que hacemos enteramente nuestras:

…los cargos públicos, los partidos políticos; los predicadores, sacerdotes y rabinos; todos los intelectuales que habían prometido instruir, educar e informar a la juventud, todos, traicionaron al pueblo americano; lo vendieron y se pasaron al campo de los mentirosos y los embaucadores. Nuestro partido fue el único que no traicionó, que no se vendió. Los trotskistas dijimos la verdad. Esta es la razón, la única razón, por la que vamos camino de la cárcel.

 

[1]   El local 574 de la International Brotherhood of Teamsters (Hermandad Internacional de Camioneros) estaba afiliado a la American Federation of Labor (AFL), dirigida por Samuel Gompers, líder sindical derechista y colaboracionista con los capitalistas.

[2]   El relato de esta lucha heroica fue plasmado por uno de sus máximos dirigentes, Farrell Dobbs, en su extraordinario libro Rebelión Teamster (edición en castellano de Pathfinder, 2004).

[3]   Habían cambiado su denominación de 574 a 544.

[4]   El Socialist Party of America (SPA) fue fundado en 1901, entre otros, por el sindicalista y revolucionario Eugene V. Debs y el reformista Norman Thomas.

[5]   Industrial Workers of The World fue una organización obrera intergremial que dirigió con éxito huelgas masivas y combatió la política de colaboración de clases de los líderes reformistas de la American Federation of Labour (AFL, Federación Americana del Trabajo). Aunque poseía rasgos anarcosindicalistas, muchos de sus dirigentes y militantes apoyaron la Revolución de Octubre e ingresaron en el Partido Comunista de EEUU.

[6]   Fundado en mayo de 1921 a instancias de la Internacional Comunista, fusionó a dos organizaciones comunistas creadas por diferentes dirigentes del ala izquierda del SPA en 1919: el Partido Comunista de América y el Partido Comunista de los Trabajadores de América. Solo el 10% de los militantes del nuevo partido unificado hablaba inglés como lengua materna.

[7]   Ver al final del libro las reseñas biográficas. La Fundación Federico Engels ha publicado el libro de Munis sobre la revolución española Jalones de derrota, promesa de victoria.

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